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Monday, 21 November 2022 10:51
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Los procesos subyacentes: la metacognición
Categorías: Artículos Científicos , Trabajo en Red , Contenidos especializados
Etiquetas: trastorno mental grave (tmg) , estigma , investigación , enfermedad mental , acompañamiento terapéutico , rehabilitación psicosocial , divulgación , adherencia al tratamiento
REHABILITACIÓN PSICOSOCIAL | CONTENIDOS ESPECIALIZADOS Autores: Carlos Rebolleda Gil. Psicólogo del Centro de Rehabilitación Psicosocial de Aranjuez y referente de investigación de la Línea de Rehabilitación Psicosocial de Hermanas Hospitalarias. Alfonso Barrós-Loscertales. Dpto. Psicología Básica, Clínica y Psicobiología. Universitat Jaume I. Introducción Uno de los objetivos que se abordan desde los recursos de rehabilitación con algunas de las personas usuarias que se atienden, es el que tiene que ver con la denominada «conciencia de enfermedad». Aunque este es un constructo complejo y difícil de definir, la comunidad científica parece haber llegado al consenso de que está compuesto por tres factores que ayudan a comprenderlo y operativizarlo. Factores que intervienen en la «conciencia de enfermedad» El primero de ellos, es la capacidad de la persona con un Trastorno Mental Grave (TMG) para asumir que presenta una patología de estas características; el segundo, la conciencia acerca de que dicha problemática precisa de un tratamiento (tanto farmacológico como rehabilitador); y , por último, estaría la capacidad para asociar los síntomas con los que la persona convive al propio trastorno, y la conciencia de que estos afectan e interfieren sobre su funcionamiento y calidad de vida. Si asumimos cierto consenso teórico al constructo de conciencia de enfermedad, nos podemos preguntar ahora si el concepto es suficientemente homogéneo en su operacionalización en la práctica clínica. Aunque desde los recursos de rehabilitación es frecuente encontrarse con usuarios que están bien orientados en esas tres esferas y que , por lo tanto, se podría decir que muestran «una buena conciencia de enfermedad» , también hay otros que presentan una «conciencia parcial» o «nula conciencia», lo cual, de forma habitual, lleva a que en los Planes de Rehabilitación se plasmen objetivos que tengan que ver tanto con la conciencia como con el conocimiento sobre la problemática psiquiátrica concreta que posee el usuario en cuestión. Por lo tanto, son frecuentes las intervenciones centradas en que la persona se plantee hasta qué punto lo que le ocurre se puede deber a la presencia de un trastorno psiquiátrico, la importancia de tratarlo, o el correcto reconocimiento y atribución de síntomas a la problemática. Por supuesto, siempre desde una perspectiva basada fundamentalmente en la entrevista motivacional y la psicoeducación, evitando la confrontación directa que, como ya se sabe, generalmente trae consigo un efecto paradójico por el que la persona puede terminar aferrándose aun con más fuerza a su idea de que no presenta ningún tipo de problemática y que, por lo tanto, no necesita ningún tipo de tratamiento. Esto puede llevar a la duda contagiosa en el ejercicio profesional sobre en qué medida la conciencia de enfermedad es deseable y beneficiosa para la persona, y si podemos asumir una relación de contigüidad entre dicha conciencia, el bienestar y la recuperación de la persona. La Metacognición Si bien, este concepto y sus tres componentes forman parte de un constructo mucho mayor, más complejo y global al que se denomina Metacognición. Este, generalmente se define como «la cognición sobre la cognición» o «el conocimiento sobre el conocimiento», es decir, el nivel de conocimiento y conciencia que tiene la persona acerca de cómo funciona su propia psique, pero no solo desde la perspectiva meramente cognitiva, sino también desde lo emocional, algo que, a su vez, también se hace extensible al conocimiento y conciencia que tiene la persona acerca de cómo funcionan las cogniciones y emociones de los demás. Aunque más relacionado con los trastornos psicóticos, diferentes investigadores han ayudado a hacer más comprensible este constructo, el cual estaría integrado por cuatro factores. Factores que integran la metacognición Al primero de ellos lo denominan autorreflexión, y se relaciona con la capacidad del individuo para comprender los propios pensamientos y emociones, y de esta forma, generar una autorrepresentación precisa. El segundo, sería la comprensión de lo que implica el otro, que hace referencia a la capacidad del sujeto para poder elaborar cogniciones sobre las emociones (empatía cognitiva) y estados mentales de otros (teoría de la mente). Al tercero, le denominan decentración, y tiene que ver con la capacidad del sujeto para distinguir entre sus propios planes y los del resto, por tanto, conlleva la noción del sujeto acerca de que los demás pueden tener planes y comportamientos que no están necesariamente relacionados con los suyos propios. El cuarto y último, es el denominado afrontamiento metacognitivo, que se asocia a la capacidad del sujeto para, por un lado, reconocer sus propios problemas psicológicos y, por otro, encontrar métodos de afrontamiento adecuados destinados al manejo o a la solución de los mismos. Es a partir de aquí cuando el profesional de la rehabilitación psicosocial, de la recuperación, quizá debería plantearse si estos factores se trasladan a su práctica profesional en intervenciones que, si estructuradas, son eficaces, eficientes y efectivas para la fenomenología del TMG. A este nivel, es preciso señalar que ya son innumerables los estudios que han corroborado una y otra vez el hecho de que uno o varios de estos factores pueden estar afectados en mayor o menor medida, ya no solo en los trastornos del espectro de la psicosis, sino en personas que presenten cualquier tipo de TMG. Como puede deducirse de la propia definición del constructo y los cuatro factores que lo integran, afectaciones a este nivel pueden traer consigo un gran número de dificultades en la vida de la persona que las presenta, ya no solo en cuanto al hecho de hacer una representación precisa de su funcionamiento, dificultades, necesidades, planes y acciones a llevar a cabo, sino también en cuanto a poder hacer dichas representaciones en el caso de las personas que le rodean. Por suerte, hoy en día se cuenta con instrumentos de evaluación y programas de intervención validados científicamente, los cuales pueden ser muy útiles para ayudar a los usuarios que lo necesiten a mejorar sus capacidades metacognitivas. A partir de aquí, quizá nos deberíamos plantear cuestiones como: ¿existen otros modelos de conciencia de enfermedad? ¿Qué planteamiento es más adecuado para la persona usuaria? ¿Podemos establecer un nivel «suficiente» de conciencia de enfermedad? ¿Y de metaconciencia? Al trabajar la conciencia de enfermedad, ¿puede afectar negativamente a la persona, por ejemplo, incrementando el autoestigma? Contenido relacionado Los procesos subyacentes: La cognición social Los procesos subyacentes: Las funciones neurocognitivas Rehabilitación psicosocial: Diálogos entre frente y retaguardia Ciencia y humanidad en la intervención
Thursday, 29 January 2026 08:41
Un metro no es un metro, ¿y la calidad de vida sí?
Categorías: Artículos Científicos , Contenidos especializados , Guías, documentos técnicos e informes , Información
Etiquetas: salud mental , enfermedad mental , divulgación , servicio de referencia
Autores: Alfonso Barros Loscertales. Dpto. Psicología Básica, Clínica y Psicobiología. Universitat Jaume I. María Ángeles Ruipérez Rodríguez. Creadora del Máster Universitario en Rehabilitación Psicosocial en Salud Mental Comunitaria de la Universitat Jaume I. Actualmente jubilada. Agustín Martínez Molina. Coordinador de Estudios y Apoyo Técnico del Imserso. La intervención psicosocial requiere de una adecuada evaluación. No tener en cuenta la precisión de nuestra evaluación es cómo no preocuparnos por la precisión de un metro para medir la longitud. Podríamos pensar que una medida como la calidad de vida y la temperatura corporal son inherentemente diferentes. La sorpresa vino tras la lectura interesada de algunas partes de un libro de metrología: ciencia que estudia las medidas. En ese libro se describe cómo había variado la definición del metro. ¿Cómo que había cambiado la definición de "metro”? ¿De la misma forma que un constructo psicológico como la calidad de vida cambia en su definición? ¿Cómo que había cambiado lo que es un metro? Un metro es un metro. Al seguir con la lectura, descubrimos que inicialmente un metro se definía como la diezmillonésima parte de la distancia del meridiano desde el polo norte al ecuador pasando por París. Sin embargo, en la actualidad, el metro se define partiendo de la velocidad de la luz en el vacío. Aquí dejamos esto para quien le guste curiosear. Entonces, la definición del metro sorprende que haya cambiado con el tiempo. Sin embargo, lo que más sorprende es que “el error de medida” dependía de su definición. La precisión de una medida física dependía de cómo se definía y, en consecuencia, también afectaba a su fiabilidad. El error de medida del metro era del 0.02%, cuando se definía según la tierra, mientras que el error de medida era de 10E-9%, cuando se definía según la luz. En ceros, pasamos de un error de 0.02 cm a un error de 0.000000001 cm por metro. ¡Sorprendente! Algo que se consideraba preciso, infalible, como el metro ¡no lo era! Es decir, si medimos algo con un metro tenemos ‘un margen de error’. Error que, obviamente, no le preocupaba al dueño de la mercería del barrio, atendiendo a la velocidad con la que medía los metros de cinta de colores que encargábamos para actividades de rehabilitación en aquella época. Somos psicólogos y eso nos lleva a pensar que las medidas de determinados constructos psicológicos están sometidas a distintos errores, pero hay una parte de la medida que es real. Por lo tanto, ‘la medida es real, pero hay que añadirle una parte de error’. Entonces, no todo es una ocurrencia o una casualidad, sino que cuando se administra una escala existe ‘una medida real’. A la vista de lo anterior, hoy, todavía, nos sorprende cuando el alumnado se propone medir un constructo psicológico (por ejemplo, una variable de intervención) y nos presenta preguntas directas que se ha inventado para que el usuario responda, o nos plantea la necesidad de crear una escala. Y entonces preguntamos: ¿”No hay test o escalas publicadas para evaluar este constructo”? o ¿”es más sencillo crear y validar una escala que buscar durante media hora en internet una prueba que sea válida y fiable para medir un constructo, como mi variable de interés o el efecto de mi intervención"? A la luz de lo expuesto hasta aquí, resulta ser infinitamente peor preguntar con mis propias palabras, salvo por un interés fenomenológico, pero no cambiemos de tema. La lectura del libro «Measuring minds: Conceptual issues in contemporary psychometrics» de Dennys Borsboom termina aclarando las distintas concepciones en las medidas psicológicas. Entre una de estas concepciones teóricas había una que hablaba de la medida real y del error, que se conjugaba directamente con la historia en la precisión de la definición del metro. En toda medida psicológica podemos decir que tenemos una porción real de autoestima, inteligencia, calidad de vida, autonomía, sociabilidad… y un error. La buena noticia aquí es que el error o como nosotros le llamamos, “el error bueno”, es aleatorio, lo que hace que, al promediarlo a lo largo de varias preguntas o muchas personas, tiende a ser 0. La bondad del error aleatorio es que, si yo tomo muchas medidas de un constructo psicológico, al promediarlas, la parte del error tiende a ser 0 y la parte de la “medida real” tiende a ser “la realidad”. Por poner un ejemplo, si medimos la ansiedad en un cuestionario, el error de la medida que se pueda atribuir a las circunstancias personales de ese día para la persona, al clima, o a la comprensión de cada pregunta puede afectar la puntuación del cuestionario. Pero si esas circunstancias cambian de ítem a ítem, persona a persona, con la suma, del que más por el que menos, del que tenga buen día por el que tenga mal día; del día que llueve por el que hace viento; del que había oído hablar de la ansiedad como del que la escucha por primera vez… El ítem que tenga la puntuación más alta, por el otro que tenga la puntuación más baja. Lo importante. La suma de las puntuaciones debidas a la ansiedad en el conjunto de ítems de la escala será una propiedad real para esa persona y el efecto del estado personal, el clima o la comprensión será aleatorio. La estadística nos permite identificar lo que cambia de ítem a ítem, de persona a persona, como error aleatorio, como casual. Si una medida es muy sensible a esos cambios, no es fiable. Ante esta situación los alumnos se abruman y se plantean: “Y yo que creía que esa escala servía para algo, ¿no nos dicen que tenemos que medir?”. Así es, hay que medir, pero para ello hay que saber que la precisión de un instrumento psicológico para obtener una medición real se relaciona con la fiabilidad y sus distintas facetas.
Tuesday, 11 March 2025 10:07
Pioneras en el estudio e investigación en salud mental: legados que transformaron la mirada científica y social
Categorías: Artículos Científicos , Contenidos especializados , Guías, documentos técnicos e informes , Salud Mental
Etiquetas: salud mental , enfermedad mental , divulgación , historia , perspectiva de género
Jorge Marredo Rosa. Psicólogo investigador. Coordinador del área de Gestión del Conocimiento, que presta sus servicios en el Creap a través de Grupo 5 Acción y Gestión Social S.A.U. La historia de la salud mental ha sido escrita, durante siglos, bajo un sesgo androcéntrico que invisibilizó sistemáticamente las contribuciones de las mujeres. Sin embargo, desde finales del siglo XIX, una generación de pioneras desafió estereotipos, superó barreras institucionales y sentó las bases de enfoques innovadores en psicología, psiquiatría y salud comunitaria. En el contexto del 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, desde el Creap del Imserso en Valencia pensamos que rescatar sus legados no solo es un acto de justicia histórica, sino una oportunidad para reflexionar sobre cómo sus luchas siguen resonando en los desafíos actuales de equidad y atención integral. Los cimientos del siglo XIX: las primeras psicólogas y su lucha por el reconocimiento académico El surgimiento de la psicología como disciplina científica en el siglo XIX coincidió con los primeros movimientos feministas que reclamaban acceso a la educación superior. En Estados Unidos, universidades como Harvard y Columbia abrieron sus puertas a mujeres de manera marginal, aunque con restricciones. En este contexto, figuras como Milicent Washburn Shinn (1858-1940) emergieron como referentes. Shinn, una de las primeras doctorandas en psicología, centró sus investigaciones en el desarrollo infantil, un campo entonces dominado por teorías que minimizaban el rol de las mujeres en la crianza. Su trabajo metodológico, basado en observaciones sistemáticas de bebés, desafiaba las nociones biologicistas predominantes y sentó precedentes para la psicología evolutiva moderna. Paralelamente, Helen Bradford Thompson (1874-1947) cuestionó los supuestos científicos que utilizaban diferencias anatómicas para justificar la inferioridad intelectual femenina. En su tesis doctoral de 1903, demostró que las variaciones cognitivas entre hombres y mujeres eran producto de la socialización, no de la biología. Este hallazgo, revolucionario para su época, fue ignorado durante décadas por una comunidad científica que priorizaba narrativas misóginas. En Hispanoamérica, aunque la institucionalización de la psicología llegaría más tarde, el Hospital San Hipólito en México (fundado en 1567) y el Manicomio General La Castañeda (1910) fueron espacios donde enfermeras y cuidadoras anónimas desarrollaron prácticas empíricas de atención, sentando las bases para enfoques humanizados que luego retomarían profesionales como Edmundo Buentello y Martín Ramos Contreras. Siglo XX: de la clínica a la comunidad: mujeres en la revolución de la salud mental El siglo XX trajo consigo una transformación radical en la concepción de la salud mental, impulsada en parte por mujeres que integraron perspectivas sociales, comunitarias y de género. En Estados Unidos, Karen Horney (1885-1952) desafió el psicoanálisis freudiano al argumentar que los trastornos neuróticos no eran resultado de conflictos intrapsíquicos, sino de presiones culturales que oprimían especialmente a las mujeres. Su obra «La personalidad neurótica de nuestro tiempo» (1937) sigue siendo un referente crítico en psicología social. En Hispanoamérica, la década de 1930 marcó el inicio de movimientos de medicina social liderados por mujeres. En Argentina, Elsa Moreno (1910-1998), discípula de Ramón Carrillo, impulsó redes de atención primaria en zonas rurales, combinando salud mental con estrategias de desarrollo comunitario. Su trabajo en programas materno-infantiles, reconocido por la Organización Panamericana de la Salud, demostró cómo la inequidad de género y la pobreza eran determinantes clave en los trastornos mentales. Chile vio surgir a Lola Hoffmann (1904-1988), psiquiatra y discípula de Carl Jung, quien integró enfoques espirituales y psicológicos en el tratamiento de pacientes. Hoffmann, perseguida durante la dictadura de Pinochet, defendió una visión holística de la salud mental que vinculaba el bienestar individual con la justicia social. En paralelo, Héliettè Saint-Jean (1925-2005) desarrolló en Chile programas de rehabilitación psicosocial para niños en situación de calle, pioneros en incorporar agentes comunitarios. España: de la marginación manicomial a la innovación en cuidados comunitarios El modelo español de atención a la salud mental estuvo marcado durante el siglo XIX por el aislamiento institucional y el enfoque custodial. Sin embargo, desde finales de este periodo, mujeres como Dolores Aleu i Riera (1857-1913) sentaron precedentes clave. Aunque su tesis doctoral de 1882 «De la necesidad de encaminar por nueva senda la educación higiénico-moral de la mujer» no abordaba directamente la psiquiatría, sus críticas a los roles de género rígidos cuestionaron los diagnósticos que patologizaban la autonomía femenina. Su Academia para la Ilustración de la Mujer (1884) incorporó talleres sobre higiene mental que anticiparon la psicología preventiva. En la década de 1930, la creación del Dispensario de Higiene Mental de Madrid (1932) contó con la participación de enfermeras como Elisa Soriano Fisher, quien impulsó protocolos pioneros de seguimiento ambulatorio para mujeres con neurosis, evitando hospitalizaciones innecesarias. Sus registros clínicos, analizados por Irisarri (2021), revelaron cómo condiciones como la depresión posparto se vinculaban a la falta de recursos económicos y redes de apoyo, no a "debilidades constitucionales". La transición democrática vio florecer proyectos comunitarios liderados por mujeres. El Hospital Psiquiátrico de Conxo (Galicia), analizado en la exposición Voces Esquecidas (2023), documentó cómo profesionales como la trabajadora social Carmen Varela (activa en los 80) crearon talleres textiles donde las pacientes recuperaban agencia mediante el diseño colectivo, desafiando el estigma de la "cronicidad". Estas prácticas inspiraron el Proyecto JULIA (2018), que en Castilla y León ha empoderado a 1.200 mujeres rurales mediante grupos de apoyo mutuo donde el 89% reporta mejoras en autoestima y participación social. Estas pioneras demostraron que la innovación en salud mental requiere trascender la consulta: desde la denuncia de los determinantes sociales hasta la creación de espacios donde la experiencia vivida se convierte en motor de cambio. Su legado, hoy visible en programas como los Grupos de Apoyo Mutuo de la Red Estatal de Mujeres, sigue cuestionando un sistema que aún trata como "excepcional" el liderazgo femenino en la toma de decisiones clínicas. Hispanoamérica contemporánea: innovaciones en salud mental comunitaria y perspectiva de género Desde finales del siglo XX, las contribuciones de mujeres hispanoamericanas han redefinido los paradigmas de atención. En Argentina, Emiliano Galende (n. 1940), colaboró estrechamente con profesionales como Patricia Rivera en la creación de posgrados en salud mental comunitaria, enfocados en desinstitucionalizar la psiquiatría y priorizar derechos humanos. Su labor en la Red Maristán, que articula universidades de Granada, Lisboa y Concepción, ha fortalecido enfoques transdisciplinarios que integran género, etnia y clase social. En México, Teresa Ordorika Sacristán ha liderado investigaciones sobre la salud mental de las mujeres desde una perspectiva sociológica, analizando cómo la violencia de género y la sobrecarga de cuidados impactan en trastornos como la depresión y la ansiedad. Sus estudios, basados en encuestas nacionales, revelan que el 23.7% de las trabajadoras mexicanas experimentan estrés laboral severo, cifra que duplica la de los hombres. Desafíos actuales y el legado de las pioneras Hoy, la salud mental enfrenta crisis globales agravadas por pandemias, inequidades económicas y violencia sistémica. Las mujeres, particularmente las científicas, continúan enfrentando riesgos desproporcionados: un estudio de 2025 reveló que el 40% de las investigadoras presentan síntomas de ansiedad o depresión, vinculados a la precariedad laboral y la falta de reconocimiento. Sin embargo, el legado de las pioneras ofrece herramientas para la acción. La terapia dialéctica conductual (TDC), desarrollada por Marsha Linehan (n. 1943), ha demostrado eficacia en poblaciones marginadas, incluyendo sobrevivientes de violencia de género. En España, profesionales como la citada María González Hidalgo aplican estos modelos en centros de salud mental públicos, integrando perspectiva de género en protocolos de atención. Conclusión: hacia una historia inclusiva y una práctica transformadora Reconocer a las pioneras en salud mental no es un ejercicio nostálgico, sino una llamada a repensar cómo construimos conocimiento y diseñamos políticas. Desde Shinn hasta Ordorika, estas mujeres demostraron que la ciencia no es neutral: está profundamente entrelazada con luchas por la equidad y la dignidad humana. En un mundo donde, según la OMS, el 19.9% de las trabajadoras españolas padecen trastornos mentales, su legado exige que prioricemos enfoques comunitarios, interseccionales y libres de estigmas. Este 8 de marzo, honrar su memoria implica no solo recordar sus nombres, sino continuar su lucha: por una salud mental que no patologice el malestar social, que reconozca las voces silenciadas y que transforme realidades. Como escribió Kay Redfield Jamison (n. 1946), psiquiatra y sobreviviente de trastorno bipolar: "La locura no quita valor al pensamiento; más bien, lo sitúa en un contexto de fragilidad y resistencia humanas". En ese contexto, las mujeres siguen siendo faros de resiliencia y cambio.
Friday, 07 March 2025 10:42
Experiencias adversas en la infancia y el diagnóstico de trastorno mental grave
Categorías: Artículos Científicos , Contenidos especializados , Guías, documentos técnicos e informes
Etiquetas: trastorno mental grave (tmg) , enfermedad mental , divulgación , familiares y cuidadores , juventud
Sheila Peinado Espí es psicóloga especializada en migraciones y estudiante del Máster en Psicología General Sanitaria en la Universitat de València. Hasta el momento, ha compaginado su formación realizando prácticas en el Creap y trabajando en un centro especializado en salud mental. Su enfoque profesional integra la práctica clínica, la intervención social y la investigación, áreas que considera esenciales para ofrecer un acompañamiento integral y personalizado a cada persona en su proceso terapéutico. Experiencias adversas en la infancia y el diagnóstico de TMG Las experiencias adversas durante la infancia son sumamente importantes para tener en cuenta, ya que se ha demostrado que tiene repercusiones directas en la edad adulta (Maza, 2024). Por tanto, la violencia asume un papel relevante en el desarrollo de un TMG, siendo un factor de riesgo que aumenta las probabilidades de sufrir cualquier dolencia relacionada con la salud mental. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), las afecciones en salud mental están influidas por diversos factores biológicos, químicos, sociales y psicológicos, por lo que las experiencias adversas y la violencia, ejercen su influencia directamente en los factores de riesgo. En base a esto, cualquier tipo de experiencia adversa sufrida durante la infancia, se va a manifestar en la adultez de forma muy diversa como autolisis, depresión, consumo de sustancias, etc. (Maza, 2024). Sufrir experiencias traumáticas durante la infancia, siendo víctimas de violencia física, psicológica o sexual, o incluso ser testigos de violencia en la infancia, incrementa el riesgo de desarrollar TMG (Bartolomé et al., 2023). De hecho, estos mismos autores indican que cualquier tipo de violencia en la infancia, se ha relacionado con un diagnóstico temprano de esquizofrenia y mayores ingresos hospitalarios. En esta línea, la violencia cobra un papel relevante en el desarrollo y transcurso de la salud mental. Además, el estigma social que se crea cuando la sociedad conoce que alguien tiene una etiqueta en salud mental, convierte a la persona en vulnerable y fácilmente atacable. Es decir, la sociedad victimiza en exceso a una persona con TMG, basándose solamente en la etiqueta y no viendo más allá. ¿Qué es la victimización? La victimización tiene una connotación legal, ya que ocurre tras ser víctima de un delito o un hecho traumático y hace referencia al tiempo que trascurre hasta que se incorpora como una vivencia más de la persona. Durante ese tiempo, se incluyen diversos factores sociales, psicológicos, económicos, etc. que influyen en el trascurso normal de la vida diaria de una persona y pueden causar malestar significativo. En este sentido, el momento en el que diagnostican el trastorno a una persona, comienza un proceso de adaptación y cambio en la vida diaria de esa persona. Este proceso puede llevar consigo una victimización de la sociedad y de la familia que rodean a la persona. Es en esta mirada de la sociedad, cuando puede volver a aparecer la violencia, convirtiendo a la persona en vulnerable. Al convertir en víctima a una persona que está diagnosticada con un trastorno mental, hace que la sociedad piense que tiene menos capacidades y habilidades, y por tanto ser diana de cualquier tipo de agresión. Es interesante destacar los numerosos estudios en este aspecto dirigidos a un género específico, las mujeres, que sufren la violencia antes del diagnóstico y durante, debido a grandes desigualdades en otros aspectos de la vida en general (Lamelaset al., 2022), algo que la evidencia científica remarca de forma significativa. Conclusión La evidencia científica seguirá estudiando la relación existente entre todos los factores de riesgo y la salud mental, hasta clarificar la posible correlación existente y cómo prevenirla. Con respecto a las personas que ya les han diagnosticado de TMG, las mujeres presentan 13 veces más de probabilidades de sufrir victimización sexual a lo largo de sus vidas (Bartolomé et al., 2023). En este sentido, el género sumado al estigma social asociado a la etiqueta de TMG, hace que las mujeres sean más vulnerables a sufrir cualquier tipo de violencia antes, durante y tras el diagnóstico. La violencia, en cualquiera de sus formas, durante la infancia y adolescencia, aumenta la probabilidad de sufrir ansiedad y depresión, y así lo validan diversos estudios científicos recientes (Ocampo et al., 2021). En resumen, la prevención de la violencia cumple un papel primordial en el cuidado de la salud mental. Existe gran ausencia de información sobre la violencia o experiencias adversas, debido a que los estudios no se centran en los trastornos en general, sino que se centran en grupos concretos. Esto hace que sea difícil crear políticas que realmente protejan y cubran las necesidades de las personas con TMG. Referencias bibliográficas Bartolomé-Valenzuela, M., Pereda, N., y Guilera, G. (2023). Prevalencia de experiencias adversas y victimización en personas adultas con trastorno mental grave en Barcelona. Gaceta Sanitaria, 37, 102314. Maza Jiménez, K. (2024). Exposición a las experiencias adversas en la infancia y su relación con los trastornos mentales en la adultez. Lamelas, V. S., Maurel, B. L.,Peñaranda, M., de la Torre, L., Gresle, A. S., y Pinazo, M. J. (2022). Derechos sexuales y reproductivos en mujeres con diagnóstico de trastorno mental grave: argumentos y consensos de profesionales en salud mental comunitaria. Anuario de Psicología/The UB Journal of Psychology, 52(1). Ocampo, D. B., Palos, P. A., y González, A. G. (2021). Depresión y ansiedad en hombres y mujeres por tipo y nivel de violencia que han recibido de su pareja. Universitas Psychologica, 20, 1-14.
Friday, 07 March 2025 09:48
La terapia multifamiliar en la Depresión Difícil de Tratar: una estrategia innovadora e integradora
Categorías: Artículos Científicos , Contenidos especializados , Guías, documentos técnicos e informes
Etiquetas: enfermedad mental , divulgación , familiares y cuidadores
Autor: Walter Paganin. Psiquiatra, psicoterapeuta y Doctor en Neurociencias por la Universidad de Roma Tor Vergata. Especialista en el estudio y tratamiento de la Depresión Difícil de Tratar (DDT), compagina su práctica clínica en Italia con la investigación en enfoques terapéuticos innovadores. Ha publicado numerosos artículos en el ámbito de la psiquiatría y promueve intervenciones integradoras, como la terapia multifamiliar, para mejorar la calidad de vida de los pacientes. Este artículo está basado en el artículo «Multifamily therapy in difficult-to-treat depression: an integrated and promising approach to rethinking clinical strategies», que el autor ha publicado recientemente y disponible en: Frontiers in Psychiatry. Introducción: Un nuevo paradigma en el tratamiento de la depresión En los últimos años, el concepto de Depresión Difícil de Tratar (DDT) ha ganado protagonismo como una entidad clínica que requiere un enfoque terapéutico multidimensional. A diferencia de la Depresión Resistente al Tratamiento (DRT), que se define principalmente por la falta de respuesta a los tratamientos farmacológicos estándar, la DDT abarca una perspectiva más amplia. En ella, se reconocen múltiples factores que interfieren en el curso del trastorno depresivo, como la presencia de comorbilidades psiquiátricas y médicas, la historia de trauma infantil, la variabilidad sintomática (especialmente anhedonia y ansiedad), el abuso de sustancias y la falta de adherencia terapéutica (McHalliston 2020). Dado su carácter multifactorial, la DDT requiere un modelo de intervención que vaya más allá del tratamiento farmacológico convencional. En este contexto, la terapia multifamiliar (TMF) emerge como una estrategia prometedora, integrando a las familias en el proceso terapéutico y fomentando una mayor adherencia al tratamiento, así como un entorno favorable para la recuperación (Paganin, 2024). La terapia multifamiliar en la Depresión Difícil de Tratar (DDT): un enfoque integrador La TMF es un modelo de intervención en el que pacientes y familiares de distintas familias participan en sesiones grupales dirigidas por profesionales de la salud mental. Estas sesiones promueven la expresión emocional, el aprendizaje de estrategias de afrontamiento y el apoyo mutuo, creando un espacio terapéutico dinámico y enriquecedor (Paganin, 2024). El uso de TMF en la DDT se basa en varios principios fundamentales: Mejorar la adherencia al tratamiento: Al involucrar a la familia, se refuerza el compromiso del paciente con su proceso terapéutico. Reducir las tasas de recaída: La red de apoyo establecida en la TMF ayuda a prevenir episodios depresivos recurrentes. Favorecer la regulación emocional y el funcionamiento social:La interacción con otras familias permite a los pacientes mejorar sus habilidades sociales y fortalecer su capacidad de afrontamiento. Abordar el trauma infantil y las comorbilidades psiquiátricas: La TMF proporciona un espacio seguro para explorar experiencias traumáticas y trabajar en estrategias terapéuticas adaptadas a cada individuo. Diferentes estudios han demostrado la eficacia de la TMF en pacientes con trastornos depresivos severos y comorbilidades asociadas, mostrando beneficios tanto a nivel sintomático como en la calidad de vida del paciente y su entorno (Migerode et al., 2005; Katsuki et al., 2018). Fundamentos y evolución de la terapia multifamiliar El concepto de TMF tiene raíces históricas en los trabajos de Peter Laqueur en América del Norte y Jorge García Badaracco en Argentina. Mientras que Laqueur desarrolló la TMF desde una perspectiva sistémica, Badaracco introdujo el concepto de psicoanálisis multifamiliar, integrando elementos del psicoanálisis en la dinámica de grupo (Sempere & Fuenzalida, 2017). Hoy en día, la TMF ha evolucionado incorporando enfoques provenientes de diversas corrientes terapéuticas, incluyendo: Cognitivo-conductual: Se centra en la reestructuración de pensamientos disfuncionales. Psicoeducativo: Proporciona información sobre la enfermedad y estrategias de afrontamiento. Psicodramático: Permite la exploración de conflictos a través de la representación escénica. Gestáltico y sistémico: Enfatiza la importancia de la interacción entre los miembros del grupo y su entorno. La heterogeneidad en la composición de los grupos en TMF favorece un intercambio de experiencias enriquecedor, facilitando el desarrollo de nuevos patrones de interacción tanto a nivel intrafamiliar como intergeneracional (Paganin, 2024). Discusión y perspectivas futuras La inclusión de la TMF en el tratamiento de la DDT representa una evolución en la manera en que abordamos la depresión. Tradicionalmente, el énfasis terapéutico se ha puesto en la respuesta farmacológica; sin embargo, en la DDT es fundamental adoptar un enfoque más holístico que tenga en cuenta los factores psicosociales que influyen en la enfermedad. A pesar de su potencial, la implementación de la TMF en la práctica clínica todavía enfrenta desafíos: La falta de estudios clínicos a gran escala que permitan consolidar su eficacia en la DDT. La necesidad de formación especializada para los terapeutas que aplican este modelo. La adaptación de la TMF a diferentes contextos culturales y socioeconómicos. Futuras investigaciones podrían centrarse en evaluar los efectos de la TMF a largo plazo mediante estudios longitudinales y técnicas de neuroimagen, con el objetivo de comprender mejor los mecanismos de cambio terapéutico en estos pacientes (Paganin, 2024). Conclusión La terapia multifamiliar se posiciona como una estrategia terapéutica innovadora y altamente prometedora en la Depresión Difícil de Tratar. Su capacidad para involucrar a la familia en el proceso terapéutico no solo favorece una mejor adherencia al tratamiento, sino que también contribuye a la creación de un entorno emocionalmente saludable que facilita la recuperación del paciente. A medida que la investigación en este campo avanza, es crucial consolidar protocolos de aplicación y fortalecer la evidencia científica que respalde la integración de la TMF en el manejo de la DDT. Este enfoque multidisciplinario representa un paso adelante en la comprensión y tratamiento de la depresión, brindando nuevas oportunidades terapéuticas tanto para pacientes como para sus familias. Referencias: Katsuki, F. et al. (2018). Brief multifamily Psychoeducation for family members of patients with chronic major depression: a randomized controlled trial. BMC Psychiatry, 18, 207. McAllister-Williams RH, Arango C, Blier P, Demyttenaere K, Falkai P, Gorwood P, et al. The identification, assessment and management of difficult-to-treat depression: An international consensus statement. J Affect Disord. (2020) 267:264–82. Migerode, L. et al. (2005). Groupes de discussion de jeunes adultes dépressifs hospitalisés avec leurs familles. Thérapie Familialet, 26, 365. Paganin, W. (2024). Multifamily therapy in difficult-to-treat depression: an integrated and promising approach to rethinking clinical strategies. Front. Psychiatry, 15:1484440. Sempere J, Fuenzalida C. Terapias multifamiliares: El modelo interfamiliar: la terapia hecha entre todos. Editorial Psimatica (2017).
Thursday, 27 February 2025 18:04
La concepción de «Envejecimiento Saludable» en personas con Trastorno Mental Grave (TMG)
Categorías: Artículos Científicos , Contenidos especializados
Etiquetas: trastorno mental grave (tmg) , investigación , enfermedad mental , salud comunitaria , hábitos saludables , bienestar , autonomía
Autora: Sheila Peinado Espí. Psicóloga, Mediadora Intercultural y alumna en prácticas en Gestión del Conocimiento del Creap del Máster de Psicología General Sanitario de la Universitat de València. Introducción La población de personas mayores de 65 años está creciendo cada vez más en todo el mundo, por lo que es de vital importancia investigar el envejecimiento de personas con Trastorno Mental Grave (TMG). El envejecimiento es un proceso natural y continuo, que lleva consigo diversas transformaciones a lo largo del curso vital, por lo que es inevitable no envejecer. La literatura científica ha tratado de encontrar estrategias que puedan seguirse a lo largo de la vida, para alcanzar un proceso de vejez saludable. Estas intervenciones y prevenciones sociales en la población envejecida están dirigidas a tener un envejecimiento activo y saludable, a través de la mejora de diversos ámbitos de la vida, como, por ejemplo: fomentar la salud mental en la adultez tardía, prevenir la soledad no deseada o realizar ejercicio con normalidad. Pero ¿qué ocurre con aquellas personas que tienen TMG y envejecen? Las personas con TMG tienen menor expectativa de vida que la población general, debido mayormente a enfermedades físicas prevenibles. En el desarrollo de TMG intervienen múltiples factores, siendo los más importantes los biológicos (por ejemplo, la predisposición genética), los psicológicos (por ejemplo, la personalidad) y los sociales (por ejemplo, consumo de drogas). Todas las intervenciones deben ir dirigidas en este sentido, realizando una rehabilitación psicosocial individualizada e intervenir en las áreas que la persona tenga más afectadas. También se encuentran con otras dificultades como el acceso limitado a la atención médica, la estigmatización o hábitos menos saludables. Estos factores hacen que sea relevante integrar la atención médica y la salud mental, para poder mejorar la calidad de vida y en consecuencia disminuir la tasa de mortalidad precoz. Necesidades psicosociales A todas las dificultades a las que se enfrentan, se le suma la escasez de estudios referidos a las necesidades específicas de las personas con TMG que envejecen. Dada la carencia de investigación centrada en este ámbito, existen pocos instrumentos validados que recojan el riesgo psicosocial asociado al envejecimiento. En 2010, se realizó una escala sobre cómo pueden ser una amenaza al envejecimiento saludable aquellas necesidades no cubiertas. Por lo que se cuenta con 40 necesidades psicosociales a evaluar en personas con TMG, resumidas en: recursos económicos, medicación, acceso a la vivienda, intervención en salud mental y atención primaria, entorno familiar, autonomía personal, hábitos saludables, ocupación y ámbito social. Si las necesidades están cubiertas, influyen de forma positiva en el progreso del TMG. Se conoce la importancia absoluta que tienen el ámbito social y familiar, ya que ambos median en la modulación de genes y en la evolución favorable de Trastornos Mentales crónicos. Por ello, ante los eventos o cambios vitales suponen un gran factor de protección y, por tanto, un indicador de envejecimiento saludable. Conclusión Una de cada cuatro personas tiene alguna enfermedad mental a lo largo de su vida y suponen un 40% de las enfermedades crónicas. Por lo que queda explícita la relevancia sobre la necesidad de dirigir intervenciones hacia la población que envejece con TMG. Aun sabiendo la importancia que tiene el estudio de pautas específicas para fomentar una vida saludable, diversos autores señalan la poca iniciativa que hay disponible para encontrar estrategias de prevención e intervención a largo plazo enfocadas en un envejecimiento saludable para personas con TMG. Se tiene la capacidad, por tanto, de detectar las carencias que puede tener una persona con TMG, pero actualmente son pocas las posibilidades de intervenir sobre ellas en el envejecimiento. En esta misma línea los profesionales podemos empezar tomando conciencia de que las nuevas formas de estigmatizar o de prácticas coercitivas han adoptado nuevas formas más sutiles, pero que al igual que las antiguas pueden ser condescendientes, permisivas o sobreprotectoras, dificultando así el desarrollo de la autonomía en los adultos mayores con TMG. La toma de conciencia de la necesidad de apoyos adicionales en el proceso de envejecimiento se torna así en una valiosa perspectiva mediadora en el desarrollo vital de las personas con TMG de cara a su envejecimiento saludable. Por otro lado, pese a que existen múltiples recursos sociosanitarios dirigidos a la salud mental y la rehabilitación psicosocial como son: Unidades de Salud Mental, Hospitalización Psiquiátrica y Domiciliarias; Centros de día; Centros de Rehabilitación e Integración Social (CRIS); Viviendas tuteladas, etc. Así como otros recursos más específicos dirigidos a la integración laboral o social, todavía queda pendiente el desarrollo mayoritario de recursos especializados en envejecimiento saludable para personas con TMG. Este es el último eslabón para que las personas usuarias puedan aprender diversas habilidades para la toma de decisiones autónoma en este periodo vital, abriendo la puerta a más investigación a largo plazo y consiguiendo evidencia para programas específicos de envejecimiento saludable en personas con TMG. Referencias bibliográficas Cancino, M., Terán-Mendoza, O., & Medina-Valdebenito, D. (2024). Malestar psicológico y envejecimiento: Análisis psicométrico del DASS-21 y relaciones estructurales con calidad de sueño y apoyo social.: Malestar psicológico y envejecimiento. Anuario de Psicología/The UB Journal of Psychology, 54(1). Domingo, T. G. (2024). Reto Mundial: Decenio del Envejecimiento Saludable 2021-2030. Análisis y Modificación de Conducta, 50(182), 3-19. Ramírez, F. B., Misol, R. C., Bentata, L. C., Alonso, M. D. C. F., Campayo, J. G., Franco, C. M., & García, J. L. T. (2016). Recomendaciones para la prevención de los trastornos de la salud mental en atención primaria. Atención Primaria, 48(Suppl 1), 77. Vargas, M. L., Quintanilla, P., Lozano, Á., & Sendra-Gutiérrez, J. M. (2013). Riesgo psicosocial asociado al envejecimiento en el trastorno mental grave: validación y baremación de la Escala de Riesgo Psicosocial Feafes Castilla y León (ERP). Rehabilitación Psicosocial, 10(1), 3-10. Vargas M, Quintanilla P, Vega B, Lozano A. Escala de Riesgo Psicosocial Feafes Castilla y León (ERP): procedimiento de construcción mediante metodología cualitativa y presentación de la escala. Norte de salud mental. 2010;8(38):26-35.
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