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Resumen de la sesión de reflexión del jueves 27/11/2025 en el Creap: «El modelo de cuidados en la comunidad»

02 - 12 - 2025

SESIONES DE REFLEXIÓN | EL MODELO DE CUIDADOS EN LA COMUNIDAD

Autora: Mª Rosa Perelló Pardo. Comunicación. Téc. Área de Gestión del Conocimiento que presta sus servicios en el Creap a través de Grupo 5 Acción y Gestión Social S.A.U.

El pasado 27 de noviembre, celebramos en el Centro de Referencia Estatal de Atención Psicosocial (Creap), dependiente del Imserso, una nueva sesión de reflexión: «El modelo de cuidados en la comunidad».

En esta sesión se reunieron unos 14 profesionales, incluyendo tres invitadas externas que nos han compartido su trabajo comunitario en salud mental, Cristina y Desamparados del equipo Sasem de Valencia y Begoña Soler, arqueóloga del Museo de Prehistoria de Valencia. Iniciamos el debate sobre atención comunitaria para personas con problemas de salud mental, y hablamos sobre nuestro proyecto comunitario más relevante, desarrollado en colaboración con el IVAM: ATIC, liderado por nuestra arte terapeuta.

Presentación del programa ATIC 

En octubre de 2025 comenzamos a desarrollar conjuntamente con el IVAM, un proyecto de colaboración innovador de arteterapia comunitaria llamado ATIC. Esta iniciativa, fruto de años de trabajo y planificación de Virginia Pérez, arteterapeuta en el Creap (2025), empezó a gestarse en 2021 con el objetivo de ofrecer a las personas una experiencia transformadora que contribuyera a mejorar su bienestar emocional y social.

El camino no fue sencillo. Los proyectos comunitarios suelen enfrentarse a barreras administrativas y burocráticas que ponen a prueba la persistencia de quienes los impulsan. Sin embargo, la convicción de que la arteterapia puede generar cambios significativos en la salud mental y en otras áreas de la vida fue el motor que permitió superar los obstáculos.

ATIC se inspira en un estudio realizado en Gran Bretaña, pero incorpora un elemento innovador: el desarrollo de las sesiones dentro de un museo. Durante doce meses, los participantes exploran distintas disciplinas artísticas y reflexionan sobre temas universales que han preocupado a la humanidad a lo largo de la historia. No se trata solo de crear, sino de investigar el propio proceso creativo y, a través de él, profundizar en las características personales, inquietudes, deseos y frustraciones que conforman la experiencia humana.

La propuesta no exige experiencia previa en arte; lo importante es la apertura al descubrimiento y la expresión. Cada sesión se convierte en un espacio para conectar con uno mismo y con los demás, utilizando el arte como herramienta para comprender y transformar la realidad interior.

El proyecto tiene vocación de futuro. Una vez concluido, se espera replicarlo en otros centros y con diferentes colectivos en España, para evaluar su impacto y seguir reflexionando sobre cómo medir los efectos de la arteterapia, que a menudo son más sutiles de lo que se imagina.

ATIC no es solo un programa; es una invitación a explorar la creatividad como camino hacia el bienestar y la conexión humana.

Proyecto Barri

En el Museo de Prehistoria de Valencia nació una pregunta que cambiaría la forma de entender su relación con el entorno: ¿por qué la gente del propio barrio no visitaba el museo? Esta reflexión, planteada por el equipo del museo tras analizar la afluencia durante la Noche de los Museos en 2017, dio lugar al Proyecto Barri, una iniciativa comunitaria que busca abrir las puertas del museo y convertirlo en un espacio vivo, integrado en la vida cotidiana de quienes lo rodean.

Todo comenzó cuando, en un evento que reunió a más de 700 visitantes, se descubrió que la mayoría no pertenecía al barrio. Aquella constatación impulsó un cambio de enfoque: dejar atrás la idea del museo como un espacio cerrado, lleno de vitrinas, para transformarlo en un centro cultural abierto, participativo y cercano. Desde entonces, el proyecto se ha desarrollado bajo los principios de la museología crítica y comunitaria, buscando que el museo sea un lugar que cualquier persona del barrio pueda utilizar.

La estrategia para conectar con la comunidad se basó en el trabajo con asociaciones locales: federaciones gitanas, la Universidad Popular, Cruz Roja, colegios públicos e institutos. En esta labor puerta a puerta, el museo encontró al Sasem de Valencia, un servicio que organiza paseos comunitarios para vincular a las personas con recursos que les protejan y fortalezcan su sentido de pertenencia. De esta coincidencia nació una colaboración que une cultura y cuidado comunitario.

La propuesta fue sencilla pero significativa: incluir el museo como destino en los paseos. Cruzar el río y llegar hasta el museo se convirtió en una experiencia que no solo acerca a las personas al patrimonio, sino que también fomenta la reflexión sobre la comunidad y los cuidados. El proyecto no impone actividades; se construye de manera participativa, escuchando las necesidades y expectativas de cada asociación. Así, han surgido recorridos por la Valencia romana, lecturas con diferentes perspectivas en las salas del museo y actividades que conectan el presente con el pasado.

Uno de los aspectos más valiosos que el museo pone en relieve es que el cuidado no es algo nuevo; también existía en el pasado. Las piezas arqueológicas muestran cómo las sociedades antiguas se ocupaban unas de otras, y gracias a esos cuidados la humanidad ha podido evolucionar. Un hueso fracturado que cicatrizó hace miles de años es prueba de que alguien cuidó de esa persona, permitiéndole sobrevivir. Este año, el museo ha impulsado diálogos frente a piezas arqueológicas para reflexionar sobre temas como la soledad, el compartir y la solidaridad, demostrando que la cooperación y el cuidado mutuo han sido tan determinantes para el progreso humano como cualquier avance tecnológico. Más allá de los conflictos y las guerras, fueron los gestos de protección y ayuda los que hicieron posible que hoy estemos aquí.

El Proyecto Barri demuestra que un museo puede ser mucho más que un lugar para observar objetos antiguos. Puede convertirse en un espacio de encuentro, diálogo y construcción colectiva, donde la historia se pone al servicio de la comunidad y la comunidad se reconoce como parte de la historia.

Composición de los grupos

En medio del encuentro surgió un tema crucial: la composición de los grupos en las actividades comunitarias. La reflexión giró en torno a la necesidad de evitar que las propuestas se conviertan en espacios cerrados para personas con problemas de salud mental, creando microguetos que contradicen el espíritu inclusivo. La idea que tomó fuerza fue la de mezclar perfiles diversos, integrando en los mismos grupos a personas con diagnósticos de salud mental y a otras sin ellos, para generar entornos donde la convivencia sea natural y la inclusión real. Este enfoque no solo rompe barreras, sino que permite que las actividades se conviertan en espacios de aprendizaje mutuo, donde cada participante aporta su experiencia y se construyen relaciones basadas en la igualdad. La comunidad, entendida como un tejido diverso, encuentra en esta mezcla la clave para derribar estigmas y avanzar hacia una sociedad más cohesionada.

Idoneidad de los centros sociosanitarios

Cuarenta años después de la Ley General de Sanidad de 1986, que estableció la atención comunitaria como prioridad en salud mental, persiste una pregunta fundamental: ¿para qué sirven hoy los centros sociosanitarios? La respuesta no es sencilla y refleja la tensión entre el modelo institucional y el comunitario.

Los centros siguen existiendo porque la red comunitaria aún no alcanza a cubrir todas las necesidades. Aunque la ley marcó el cierre de los manicomios y la atención en el entorno de la persona, la realidad muestra que los recursos comunitarios son insuficientes. La falta de profesionales en la sanidad pública, la escasez de espacios inclusivos y la dificultad para garantizar apoyos a largo plazo hacen que los centros continúen siendo lugares necesarios para muchas personas. Son espacios seguros donde se ofrece acompañamiento, socialización y actividades que, en muchos casos, la comunidad todavía no puede garantizar.

Sin embargo, el debate apunta hacia un cambio de paradigma. Los centros no deberían limitarse a reproducir dinámicas institucionales, sino convertirse en plataformas que preparen la transición hacia la vida comunitaria. Espacios que fomenten la autonomía, la participación y la conexión con el entorno, evitando la creación de entornos cerrados que vulneren derechos como la libertad de movimiento o la toma de decisiones. El objetivo es que cada programa y recurso esté orientado a generar salidas reales hacia la comunidad, trabajando en red con instituciones, asociaciones y servicios locales.

Este cambio no depende solo de la voluntad profesional, sino también de factores políticos y económicos. Mantener un centro suele ser más barato que desplegar equipos individualizados en el territorio, pero a largo plazo, la evidencia demuestra que la atención comunitaria mejora la calidad de vida y reduce costes. Además, los cambios sociales, como el retraso de la maternidad y la disminución de redes familiares de cuidado, hacen imprescindible repensar el modelo. La comunidad debe estar preparada para asumir un papel activo, y los centros pueden ser aliados estratégicos en esta transición, siempre que se orienten hacia la inclusión y la vida en sociedad.

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