
Sobrediagnóstico de trastornos mentales en personas adultas: Una mirada crítica para mejorar la calidad de vida
13 - 05 - 2025
Categorías: Artículos Científicos , Contenidos especializados
Etiquetas: salud mental , trastorno mental grave (tmg) , medicación , bienestar
CALIDAD DE VIDA | CONTENIDOS ESPECIALIZADOS
Jorge Marredo Rosa. Psicólogo investigador. Coordinador del área de Gestión del Conocimiento, que presta sus servicios en el Creap a través de Grupo 5 Acción y Gestión Social S.A.U.
¿Estamos psicopatologizando la vida?
Cada vez es más común que personas adultas reciban un diagnóstico de trastorno mental sin que exista una clara justificación clínica. Hablamos de casos en los que lo que debería considerarse una reacción comprensible ante el estrés o el sufrimiento cotidiano termina convertido en una etiqueta diagnóstica. Esta tendencia —conocida como sobrediagnóstico— tiene implicaciones profundas y no siempre inocuas.
Se calcula que cientos de millones de personas en todo el mundo viven con algún diagnóstico de salud mental. Y en ciertos países, uno de cada cinco adultos cumple criterios para ser diagnosticado anualmente. Pero detrás de estas cifras impactantes, hay matices que conviene explorar. Porque no toda tristeza es depresión, ni toda inquietud, un trastorno de ansiedad. El problema aparece cuando, en vez de acompañar, interpretamos malestar como enfermedad, con lo que eso conlleva en términos personales y sociales.
Las diferencias en cómo los países abordan la salud mental también son reveladoras: mientras algunos dedican una parte significativa de su presupuesto sanitario a este ámbito, otros apenas rascan la superficie. El resultado es un panorama desigual, con intervenciones dispares y efectos contradictorios.
¿Por qué diagnosticamos de más?
Se puede afirmar con rotundidad que no hay una sola causa, sino un entramado de razones que se retroalimentan.
- Clínica y sistema sanitario. La progresiva ampliación de los manuales diagnósticos ha terminado por diluir los límites entre lo patológico y lo normal. Ejemplos sobran: lo que antes se consideraba una tristeza profunda ante una pérdida, hoy puede etiquetarse como depresión mayor. Además, el modelo biomédico dominante favorece soluciones rápidas, a menudo farmacológicas, dejando de lado el contexto vital y emocional de cada persona. En la práctica diaria, la falta de tiempo, de herramientas adecuadas o de formación específica —sobre todo en atención primaria— puede llevar a diagnósticos precipitados. Y si a esto sumamos la tendencia a "pecar por exceso" para no dejar escapar un posible caso, se entiende por qué tantos diagnósticos resultan innecesarios o incluso contraproducentes.
- Cultura y sociedad. Vivimos en una época donde el lenguaje psicológico se ha democratizado… pero también trivializado. Sentirse mal es legítimo, claro está, pero eso no significa que siempre haya que ponerle nombre clínico. Muchas veces buscamos en un diagnóstico una forma de validación, de entender lo que nos pasa, sin cuestionar si es realmente la vía más adecuada para sanar. Esta búsqueda, aunque comprensible, alimenta un círculo vicioso entre la demanda de diagnósticos y su oferta desmedida.
- Intereses económicos. Aquí también entra en juego la influencia de la industria farmacéutica, que no es menor. La promoción de fármacos, a través de campañas sutiles o directas, contribuye a extender diagnósticos a poblaciones cada vez más amplias. En ocasiones, lo que necesita contención o escucha termina siendo medicado, a menudo sin necesidad real.
Efectos del sobrediagnóstico: más allá del papel
No se trata solo de una cuestión teórica. Las consecuencias son muy concretas y, en muchos casos, dañinas.
En la vida de las personas. Recibir un diagnóstico erróneo o innecesario puede derivar en tratamientos farmacológicos que implican efectos secundarios, dependencia o una falsa sensación de invalidez. Las etiquetas también pesan: afectan cómo uno se ve, cómo lo ven los demás y qué decisiones toma. Pueden restringir oportunidades laborales, sociales o vitales, generando una sensación de fragilidad aprendida.
Y hay otro efecto silencioso pero poderoso: la idea de que necesitamos siempre un sistema que nos sostenga, incluso cuando tal vez podríamos salir adelante con apoyo emocional, tiempo o recursos comunitarios adecuados.
En el sistema de salud. Los recursos no son infinitos. Cada diagnóstico innecesario desvía tiempo, atención y dinero que podrían destinarse a quienes realmente lo necesitan. El resultado: listas de espera más largas, profesionales saturados, tratamientos menos personalizados. En otras palabras, se diluye la calidad del sistema.
martes, 13 mayo 2025 08:32
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