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Los procesos subyacentes: la metacognición

28 - 01 - 2026

REHABILITACIÓN PSICOSOCIAL | CONTENIDOS ESPECIALIZADOS

Autores:

Carlos Rebolleda Gil. Psicólogo del Centro de Rehabilitación Psicosocial de Aranjuez y referente de investigación de la Línea de Rehabilitación Psicosocial de Hermanas Hospitalarias.

Alfonso Barrós-Loscertales. Dpto. Psicología Básica, Clínica y Psicobiología. Universitat Jaume I.

Introducción

Uno de los objetivos que se abordan desde los recursos de rehabilitación con algunas de las personas usuarias que se atienden, es el que tiene que ver con la denominada «conciencia de enfermedad». Aunque este es un constructo complejo y difícil de definir, la comunidad científica parece haber llegado al consenso de que está compuesto por tres factores que ayudan a comprenderlo y operativizarlo.

Factores que intervienen en la «conciencia de enfermedad»

El primero de ellos, es la capacidad de la persona con un Trastorno Mental Grave (TMG) para asumir que presenta una patología de estas características; el segundo, la conciencia acerca de que dicha problemática precisa de un tratamiento (tanto farmacológico como rehabilitador); y , por último, estaría la capacidad para asociar los síntomas con los que la persona convive al propio trastorno, y la conciencia de que estos afectan e interfieren sobre su funcionamiento y calidad de vida.

Si asumimos cierto consenso teórico al constructo de conciencia de enfermedad, nos podemos preguntar ahora si el concepto es suficientemente homogéneo en su operacionalización en la práctica clínica. Aunque desde los recursos de rehabilitación es frecuente encontrarse con usuarios que están bien orientados en esas tres esferas y que , por lo tanto, se podría decir que muestran «una buena conciencia de enfermedad» , también hay otros que presentan una «conciencia parcial» o «nula conciencia», lo cual, de forma habitual, lleva a que en los Planes de Rehabilitación se plasmen objetivos que tengan que ver tanto con la conciencia como con el conocimiento sobre la problemática psiquiátrica concreta que posee el usuario en cuestión.

Por lo tanto, son frecuentes las intervenciones centradas en que la persona se plantee hasta qué punto lo que le ocurre se puede deber a la presencia de un trastorno psiquiátrico, la importancia de tratarlo, o el correcto reconocimiento y atribución de síntomas a la problemática. Por supuesto, siempre desde una perspectiva basada fundamentalmente en la entrevista motivacional y la psicoeducación, evitando la confrontación directa que, como ya se sabe, generalmente trae consigo un efecto paradójico por el que la persona puede terminar aferrándose aun con más fuerza a su idea de que no presenta ningún tipo de problemática y que, por lo tanto, no necesita ningún tipo de tratamiento. Esto puede llevar a la duda contagiosa en el ejercicio profesional sobre en qué medida la conciencia de enfermedad es deseable y beneficiosa para la persona, y si podemos asumir una relación de contigüidad entre dicha conciencia, el bienestar y la recuperación de la persona.

La Metacognición

Si bien, este concepto y sus tres componentes forman parte de un constructo mucho mayor, más complejo y global al que se denomina Metacognición. Este, generalmente se define como «la cognición sobre la cognición» o «el conocimiento sobre el conocimiento», es decir, el nivel de conocimiento y conciencia que tiene la persona acerca de cómo funciona su propia psique, pero no solo desde la perspectiva meramente cognitiva, sino también desde lo emocional, algo que, a su vez, también se hace extensible al conocimiento y conciencia que tiene la persona acerca de cómo funcionan las cogniciones y emociones de los demás. Aunque más relacionado con los trastornos psicóticos, diferentes investigadores han ayudado a hacer más comprensible este constructo, el cual estaría integrado por cuatro factores.

Factores que integran la metacognición

Al primero de ellos lo denominan autorreflexión, y se relaciona con la capacidad del individuo para comprender los propios pensamientos y emociones, y de esta forma, generar una autorrepresentación precisa. El segundo, sería la comprensión de lo que implica el otro, que hace referencia a la capacidad del sujeto para poder elaborar cogniciones sobre las emociones (empatía cognitiva) y estados mentales de otros (teoría de la mente). Al tercero, le denominan decentración, y tiene que ver con la capacidad del sujeto para distinguir entre sus propios planes y los del resto, por tanto, conlleva la noción del sujeto acerca de que los demás pueden tener planes y comportamientos que no están necesariamente relacionados con los suyos propios. El cuarto y último, es el denominado afrontamiento metacognitivo, que se asocia a la capacidad del sujeto para, por un lado, reconocer sus propios problemas psicológicos y, por otro, encontrar métodos de afrontamiento adecuados destinados al manejo o a la solución de los mismos. Es a partir de aquí cuando el profesional de la rehabilitación psicosocial, de la recuperación, quizá debería plantearse si estos factores se trasladan a su práctica profesional en intervenciones que, si estructuradas, son eficaces, eficientes y efectivas para la fenomenología del TMG.

A este nivel, es preciso señalar que ya son innumerables los estudios que han corroborado una y otra vez el hecho de que uno o varios de estos factores pueden estar afectados en mayor o menor medida, ya no solo en los trastornos del espectro de la psicosis, sino en personas que presenten cualquier tipo de TMG. Como puede deducirse de la propia definición del constructo y los cuatro factores que lo integran, afectaciones a este nivel pueden traer consigo un gran número de dificultades en la vida de la persona que las presenta, ya no solo en cuanto al hecho de hacer una representación precisa de su funcionamiento, dificultades, necesidades, planes y acciones a llevar a cabo, sino también en cuanto a poder hacer dichas representaciones en el caso de las personas que le rodean. Por suerte, hoy en día se cuenta con instrumentos de evaluación y programas de intervención validados científicamente, los cuales pueden ser muy útiles para ayudar a los usuarios que lo necesiten a mejorar sus capacidades metacognitivas.

A partir de aquí, quizá nos deberíamos plantear cuestiones como: ¿existen otros modelos de conciencia de enfermedad? ¿Qué planteamiento es más adecuado para la persona usuaria? ¿Podemos establecer un nivel «suficiente» de conciencia de enfermedad? ¿Y de metaconciencia? Al trabajar la conciencia de enfermedad, ¿puede afectar negativamente a la persona, por ejemplo, incrementando el autoestigma?

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